Mamás y papás perfectos… y el día a día

La aventura de la vida en familia | 13. febrero 2026

¿Te pasa que, además de la lista interminable de pendientes, cargas con otra lista invisible? La de cómo deberías ser: más paciente, más presente, más organizada… una madre o un padre casi perfectos.

¿A veces se vuelve demasiado y te gustaría vivir la crianza con más calma?

Una vez al mes converso con Christina Lugger en su podcast “happinessbalance” sobre maternidad, paternidad y crecimiento interior. En el episodio “Padres perfectos — ¿y dónde queda la vida real?” hablamos de cómo soltar el ideal de perfección y vivir la vida familiar con más confianza. El episodio es en alemán.

En este artículo quiero compartir algunas de esas reflexiones — y añadir mi mirada intercultural sobre familia, generaciones y acuerdos.

Cuando el cuidado se convierte en perfeccionismo

El cuidado que sentimos por nuestros hijos es algo muy lindo — mientras esté en equilibrio. Pero cuando nace del miedo a no ser suficientes, o de la preocupación constante de que nuestros hijos no tendrán un buen futuro, ese cuidado empieza a tensarse. Y sin darnos cuenta, se convierte en el peso de querer hacerlo todo bien. En todo momento. Siempre.

Y claro… si queremos ser padres perfectos, también esperamos hijos perfectos. Así, lo que empezó como amor se transforma en exigencia. Ese nivel de autoexigencia pesa. Le quita ligereza a la vida cotidiana. La lista interna de “debo” crece — y el ambiente familiar se llena de tensión.

¿Qué significa realmente vivir con más ligereza?

Soltar la exigencia no significa desentenderse de la crianza ni dejar a los hijos hacer lo que quieran. Para mí, ligereza significa confianza. Confianza en mis capacidades y en las de mi hijo o hija.

En vez de pensar: “¿Y si sale mal?”

Tal vez podamos empezar a decir: “Lo voy a lograr.” “Mi hijo/hija es capaz.”

Cuando salgo del perfeccionismo, puedo volver a escuchar mi intuición. Puedo distinguir entre lo que realmente quiero trabajar en mí — y lo que solo creo que “debería” mejorar.

A la vez puedo conectar con mis hijos desde más calma, buscando soluciones en equipo en lugar de entrar en luchas diarias.

Un ejemplo cotidiano: el cuarto desordenado

En muchas familias, mantener ordenados los espacios es motivo de discusiones constantes. Si nos detenemos a buscar el porqué, nos damos cuenta de que es porque tenemos ideas diferentes sobre lo que significa “orden”. Si como madre o padre intento imponer mi idea del cuarto ordenado a la perfección, necesitaré mucha energía al hacerlo. En cambio, si me acerco desde más calma, puedo conversar y buscar acuerdos. Por ejemplo:

  • dejar que los niños escojan un día a la semana para ordenar
  • alzar los juguetes junto con los niños
  • convertirlo en juego:
    • “El piso es lava.”
    • “¿Cuántos bloques puede recoger la excavadora de una sola vez?”
    • “El vuelo de los peluches a la canasta.”

Todo esto es mucho más difícil cuando estoy tensa o estresada. Y sí — no siempre tenemos ni el tiempo, ni la energía, ni la paciencia para hacer juegos o ayudarles. Entonces no pasa nada si el cuarto se queda desordenado por un tiempo.

Entre generaciones: una mirada intercultural

Cuando se habla de culturas, no solo se trata de países, sino también de formas de ver la vida, por ejemplo, la cultura generacional. Las generaciones tienen su propia forma de percibir, pensar y actuar. Lo que para ti es desorden, para tu hijo puede ser un paisaje de juego. Y los adolescentes suelen ver las cosas de forma muy diferente.

La comunicación intercultural es un proceso de negociación. Y la familia es el primer lugar donde lo practicamos. No se trata de decidir quién tiene razón. Se trata de dialogar, escuchar y encontrar un punto intermedio que no sea solo la cultura de los padres ni la de los hijos.

Nosotros, los padres, explicamos — una y otra vez — por qué ciertas cosas nos son importantes, cuáles reglas no son negociables y por qué. Y a la vez escuchamos pacientemente, para luego buscar soluciones juntos. ¿Qué tal si invitas a tu hija o a tu hijo a ser la primera o el primero en proponer una solución? Al principio puede ser raro para todos, porque falta seguridad en el proceso, pero con el tiempo y mucha paciencia, toda la familia va participando y todos se van atreviendo cada vez más.

Muchas veces surgen ideas nuevas y divertidas como resultado del trabajo en equipo, que no son ni exactamente la idea del uno ni del otro.

Todo esto no es tan complicado como parece. Vale la pena hacer la prueba y dejarse sorprender, ya que este tipo de soluciones suelen ser las que mejor funcionan a largo plazo, porque los dos lados han sido escuchados. Además, al dialogar y crear en equipo, fortaleces los vínculos familiares.

Cuando soltamos la exigencia de la perfección, surgen momentos mágicos. Momentos en los que los niños recogen por iniciativa propia para sorprenderte y alegrarte el día.

Si quieres practicar tu alemán y profundizar en este tema, te invito a escuchar el episodio completo del podcast.

Y si sientes que te vendría bien un acompañamiento más cercano, podemos conversar en una sesión en línea.

Te deseo mucha confianza y ligereza en tu aventura familiar.

Katrin Sihling

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Acerca de la autora

Alemana-mexicana con una trayectoria de vida entre culturas e idiomas. Coach y formadora intercultural certificada (Universidad de Jena).

Acompaña a niñas, niños, familias y personas adultas entre culturas a encontrar claridad, fortalecer vínculos y vivir la diversidad de forma consciente en su día a día.

Über die Autorin

Deutsch-Mexikanerin mit internationalem Lebensweg zwischen Kulturen und Sprachen. Zertifizierte interkulturelle Trainerin & Coach (Universität Jena).

Sie begleitet Kinder, Familien und Erwachsene zwischen Welten dabei, Orientierung zu finden, Beziehungen zu stärken und Vielfalt im Alltag bewusst zu gestalten.

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